
Hay algo en esta foto que me recuerda a Magritte, a esa serie de cuadros donde se contradicen el día y la noche, L’Empire des lumières.
Roma y sus cielos son también un imperio de luces y la noche en que fue tomada esa foto fue toda algo surrealista.

Comenzó mirando al Palatino, donde nació Roma cuando una loba adoptó a dos pequeños humanos, Rómulo y Remo. Y donde ahora viven árboles que observan la ciudad desde ventanas a cielo abierto. ¡El Palatino es sin duda la más surrealista de las siete colinas de Roma!

La tarde prosiguió en el Aventino, donde una fuente enigmática propiciaba las reflexiones de este perrito metafísico.

Vimos atardecer desde el mirador del Jardín de los naranjos, frente a una impresionante colina que no es una de las siete colinas de Roma, el Gianicolo, donde divisamos la Academia de España, con una de las arquitecturas más surrealistas de Roma: un claustro que en lugar de contener un árbol o un pozo como normalmente sucede, cobija un templo en miniatura crecido de una semilla de piedra plantada hace cinco siglos.
¿Cómo terminó la noche? Pues llegamos a una placita donde Piranesi escondió un regalo. Para descubrirlo hay que asomarse por el ojo de una cerradura. No quiero desvelar la sorpresa, pero como pista diré que el Vaticano no debe de ser tan grande…
Esa noche soñamos embriagados de tanto surrealismo romano.



































































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