something strange happened here… (II)
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Fue una ironía del azar…
[...]
…que el suicida viviera en esa calle.

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“Todo es matemáticas”, dicen que dijo Pitágoras.
[...]
“En menuda me he metido” es lo que añadió.

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Nunca debió haber leído aquella carta.
[...]
Dos semanas y 15 horas más tarde, por fin empezó a arder.

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El partido comunista puso un anuncio para compartir generosamente su sede.
[...]
Sorprendidos, vieron que su sede era ahora la casa del Señor.

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Ayho, Ayho, a casa a descansar…
[...]
Y Blancanieves los castigó por vagos.

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Cuando rompieron, él juró olvidar incluso el nombre de su calle.
[...]
Necesitó un bote de pintura para conseguirlo.

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Cuando los bomberos acudieron al octavo incendio en aquel mes…
[...]
…comprobaron que el pirómano tenía un extraño sentido del humor.

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Pobre Marco, en un pueblo italiano, al pie de las montañas,
[...]
y treinta años más tarde, ni una llamada de su madre.

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Tras la comida, Patxi pidió la cuenta de los pinchos.
[...]
El camarero se lo tomó al pie de la letra.

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Tantos años suspirando en aquel puente…
[...]
…que los suspiros se solidificaron.

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En la sección de sucesos del periódico se especuló sobre un trágico acontecimiento.
[...]
Un artista incomprendido maldijo al periodista.

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Buscaba una foto para cerrar el post,
[...]
y a la vuelta del canal encontré este barco.

Sí, something strange happened here…
sshh…
Un asterisco es como un grifo, si lo agarras y giras suavemente, una corriente de agua tibia te arrastra hasta una isla. Allí, entre la arena, se asoman las conchas que encierran los secretos, y si consigues abrir una, un soplo de boca pequeña te susurra palabras que se pegan a la piel. Al momento se desprenden en minúsculos destellos y con la arena quedan confundidos adjetivos y pronombres.
Con un paréntesis que el mar ha devuelto a la orilla, dibujo un remolino en la arena y surge una caracol@.
En la isla el tiempo también gira, los segundos son las ondas que se multiplican cuando un pez se asoma a ver llover. Sacan la cabeza intentando comprender cómo puede llenarse un mar con unas gotas. Pero luego, cansados de mojarse a trocitos la cara, se esconden bajo el agua y dejan que sea la lluvia la que dibuje con compás cada minuto. ( ((Los peces tienen estas cosas)) ).
Cuando la cuenta de las ondas se ha perdido, es momento de emprender el regreso, un paseo por la isla no dura mucho más de seis líneas a cuerpo 8 y pronto llegará el amanecer de una nueva página.
Por el cielo pasa un asterisco y descubro que es la estrella fugaz de mi teclado. La pulso, contengo la respiración, y le pido que me lleve de nuevo a la isla.
*me refugio en los asteriscos.
something strange happened here…

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Un elefante salió de África.
[...]
Cuatro años más tarde por fin supo cuánto mar cabía en su trompa.

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El capitán Nemo pasó la mañana navegando en internet.
[...]
Por la tarde, los empleados de Amazon preparaban un extraño envío.

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La niña creció y regaló sus juguetes.
[...]
El osito rogaba para que volvieran a subir la persiana.

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El profesor recomendó en clase empaparse de cultura.
[...]
El niño aquella noche se preparó el baño.

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El chico de las verduras le pidió matrimonio a la pescadera.
[...]
La novia por fin encontró su ramo.

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Como Banksy nunca contestaba a sus llamadas…
[...]
… su amigo se aseguró de que recibiese el mensaje.

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Ese día era su aniversario.
[...]
Ella pensó enviarle una caricia.

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El alquiler del garaje salía demasiado caro.
[...]
El pulpo puso un anuncio.

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No fue fácil convertirse en el mayor fan de los Beatles.
[...]
Sobre todo a la hora de encontrar aparcamiento.

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La vida en el banco de peces era muy aburrida.
[...]
Hasta que llegó el nuevo.

Definitivamente, something strange happened here…
sshh…
“Todo parecía un sueño. Y cuando llegué a Capri, [...], la sensación irreal de los sueños se hizo más grande.
Llegamos de noche y en invierno a la isla maravillosa.”
(Pablo Neruda, “Confieso que he vivido”)

Neruda llegó a Capri una noche de invierno, invadido por la sensación irreal de los sueños.
Aquella primera vez, la isla se le presentó en sombras, blanquecina y callada.
A la mañana siguiente, Neruda y Matilde, vieron el espectáculo que les ofrecía su ventana, una pequeña terraza, abajo el bosque, y no muy lejos las rocas de Marina Piccola. Dieron un paseo por los alrededores de su nueva casa, recorrieron las callecitas que se dirigían hacia el pueblo, perfiladas por un sencillo muro que ocultaba tras de sí las grandes villas, y ya en la plaza principal les recibió la iglesia, que se alzaba sobre las terracitas y cafés, y que parecía desparramarse por una escalinata floreada.
Aquellos días que pasaron en Capri dieron lugar a Los versos del Capitán y Las uvas y el viento. De aquella estancia nacieron estos versos:
Su traje de zafiro
la isla en sus pies guardaba,
y desnuda surgía en su vapor
de catedral marina.
Era de piedra su hermosura. En cada
fragmento de su piel reverdecía
la primavera pura
que escondía en las grietas su tesoro.
(”Cabellera de Capri”)
–
Con iguales ojos maravillados que aquellos de Neruda y Matilde, llegamos nosotros a la catedral marina, pero era verano y de día… aunque nos recibió la luna.

También nos saludó el sol, que silueteaba la isla, colorida y ruidosa.



Los bosques y muros que pasearon Neruda y Matilde Urrutia, también acogieron nuestros pasos.

Y, a intermitencias, cuando los árboles lo permitían, los faraglioni nos saludaban desde el agua.

En Capri, al mar hay que ponerle esquinas, si no se corre el riesgo de rodear la isla haciendo un largo.

De la naturaleza pasamos a la civilización.

Y nos despedimos de la isla bajando por la escalinata de la iglesia y callejeando cuesta abajo hasta el puerto.


Está claro que Capri, en invierno o en verano, siempre es maravillosa.

Un día llegó a mi buzón un precioso texto que estaba huérfano de imagen. Su autora me pedía mis colores para arroparlo, pero en aquella ocasión no tuve tiempo para tejer nada que fuese de su talla. Meses más tarde llegó otro texto suyo, esta vez yo tenía mis lápices afilados y una extensa hoja en blanco. Provista de estos utensilios comencé mi andadura como modista de palabras. Mi primera confección fue ésta:

Después llegaron otros textos y otros trajes:


Todos ellos ellos podéis verlos, al tiempo que recrearos con los textos de sus autoras, en La linterna de Segovia. (clic, clic)
(Gracias, Alicia)
Cuando se dio cuenta de que Marte había olvidado sus armas, Vulcano estaba ya subiendo las escaleras.

___________________
Venus
Quand elle s’est rendue compte que Mars avait oublié ses armes, Vulcain était déjà en train de monter les escaliers.

El psiquiatra del tercero, harto de escuchar durante horas las miserias de sus pacientes, se desahogó aquella noche con su discreto amigo. Lo que no supo, es que sus secretos no se irían a la tumba… la noche los trajo también hasta mi ventana.
Él la buscó entre la gente.

Ella le esperó descalza.

Bajo ellos llovería.

___________________
“Dérencontre” (ou Rendez-vous raté)
Il la chercha parmi les gens.
Elle lui atteignit nu-pieds.
En dessous d’eux il pleuvrait.
¿Qué cataclismo es este?
El jueves mi teléfono se quedó mudo, al menos a mí no me hablaba. Si era afonía o enfado lo desconozco.
Según tengo entendido a los demás les repetía insistentemente un tut-tut-tut…, a saber con qué fines.
Por fin le volvió la voz la mañana del sábado, pero esta vez sólo se comunicaba conmigo. Tras preguntarle el porqué de su comportamiento me confesó que había cambiado, que ya no era el de siempre, que no se reconocía. ¡Bueno, me tenía que tocar un teléfono con problemas psicológicos!
La noche del domingo sonó un ring.
-¿dígame?
-ehh… ¿hola?
-hola
-Uy, qué raro, estoy llamando a mi casa y me sales tú.
-Sí, es mi teléfono, que tiene problemas de personalidad, y debe de haber adoptado la del tuyo.
-¿perdón?
-Pues eso, que desde hace unos días, le ha dado por cambiar, y ahora se hace pasar por un 409****
-¡Sí, sí, ese es mi número!
-Vaya, lo siento. Oye… y tu teléfono no se hará pasar por el mío, ¿no?
-No, mi teléfono está mudo.
-Uf, ten cuidado, así empiezan…
-Ah, gracias.
Ayer me confesó que echaba de menos su antigua vida y que volvía a su ser habitual. Ya por fin me habla y me deja hablar.
Ahora lo que no me funciona es internet. Agradezco a un vecino generoso que no haya cerrado sus puertos (o su puerta?) y que me “permita” esta visita a los mundos virtuales. Navegar no es fácil, estoy pegada a la ventana, con el ordenador en un ángulo preciso, mirando cada dos por tres el simbolito en forma de radar que me indica si la comunicación peligra, y apartando a mi gata por si su rabo interfiere la señal. Pero eso no es todo y el desmoronamiento tecnológico continúa: mi email tampoco va.
Pd.: Si la psicosis termina os lo haré saber.
Cada mañana bajaba a la playa, los pies descalzos, a esperar esa primera ola que con su roce le susurraría el pronóstico del día.
Hoy el día acabaría bien.

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Graphique marin
Chaque matin elle descendait sur la plage, les pieds nus, en attendant cette première vague-là qu’avec son frôlement lui murmurerait le pronostique du jour.
Aujourd’hui la journée finirait bien.
La luna espía disfrazada de nubes.

Las piedras sueñan ser pedazos de luna.

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Scène
La lune épie déguisée en nuages.
Les pierres rêvent d’être morceaux de lune.
Capítulo II (final):
A la mañana siguiente, la luna se dio por vencida.

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miniconte II
Chapitre II (la fin):
Le lendemain matin, la lune s’avoua vaincue.
Capítulo I (comienzo):
Aquella noche la farola retó a la luna.

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miniconte
Chapitre I (le commencement):
Cette nuit-là le lampadaire défia la lune.

Los puntos suspensivos son tres eclipses de luna: tras ellos, noche cerrada.
A los puntos suspensivos llegarás tras una última palabra, aquella que te prometerá misterios, una palabra que quedará como un eco en tu memoria y se irá desdibujando con cada eclipse hasta que apenas recuerdes si existió.
Cuando los puntos estén a tu espalda esa palabra ya estará lejos, intenta atar un cabo de tu memoria, cuando sigas andando sólo eso podrá guiarte atrás.
Tras ellos sólo hay un abismo de espera, un páramo blanco que como el hielo resbala. Si caes rodarás sobre su fría superficie sin otro muelle donde atracar, con el horizonte como único objetivo, un horizonte blanco sobre un suelo blanco bajo un cielo blanco.
No, ni noche ni cerrada, tras los puntos suspensivos está el olvido que siempre es blanco, así que cuando te encuentres con ellos piensa si quieres traspasarlos, todavía puedes volverte atrás.
…

¿Te das cuenta? tu voz se hace blanca.
Y se estira. Se alarga tanto que la ele y la ge se encogen para no quedarse ancladas. Tu voz se enreda con otras voces y se cruza con un ¿te tomaste las pastillas?, y un hoy vine antes de la escuela, pero sigue su camino, concentrada en no perder el hilo.
A veces tu voz sigue otra ruta, pero entonces ya no es blanca, es casi transparente y más delgada que el hilo de tu pensamiento. Se desliza líquida y fina hasta esa cajita donde rebosan las frases que nunca pronunciaste. Cuando esto ocurre, al otro lado hay un teléfono que comunica.
… … … … … … … … … … … … … …
.

-Hola, ¿le puedo ayudar en algo?
-Sí, por favor, querría el libro a rayas.
-¿este?
-no
-¿este?
-no
-¿este?
-no
-¿este?
-sí, gracias, ese.
-¿para regalo?
-eh…, no, déjelo.
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Miro esta foto y espero que tras los cristales aparezca un rostro, y que ese rostro me mire. Y empieza a caer la tarde, y el sol pasa del cielo a la bombilla, y yo sigo aquí abajo, y el rostro me mira, y la noche se rompe en dos mitades, dentro y fuera.
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Gracias a D.T. por proponerme jugar a las adivinanzas.
A veces un pequeño misterio abre la puerta a otro.
Otras veces los misterios no se ocultan tras la puerta sino que permanecen encerrados en las Torres.
Este misterio va de torres, aunque yo solo hablaré de una, la otra permanecerá oculta, como un segundo enigma, tras la primera.
No hace muchos días alguien llamó a mi puerta. En sus manos traía una fotografía. Al principio apenas reparé en ella, sólo al mirarla con más detenimiento comprobé que se trataba de una de las fotografías que bajo el título de Barbiere yo había publicado en este blog. Todo podría haber acabado allí, junto a la puerta entreabierta, si de su boca no hubieran salido las siguientes palabras: “Encontré esta foto en tu blog. Y ahora no puedo dejar de pensar más que en ella”.
Intrigada ante esa declaración dejé que se explicase más cómodamente ya sentados en el salón.
“Es en Roma. De eso estoy seguro, pues la acabo de ver apenas en diciembre pasado. Era un edificio incluso en venta, recuerdo. Pero no recuerdo cómo fui a parar ahí. Por más que intento ubicarla, no puedo. Estoy desesperado. No me digas dónde es… dame una pista nada más.”
Esperé un momento, trataba de entender la urgencia de quien me hablaba y que sin saberlo me embarcaba en un juego inquietante y atrayente.
Miré mi reloj, era pronto aún.
“De acuerdo”, le dije, y en su cara se esbozó una sonrisa.
Cogí la foto entre mis manos y al cabo de unos segundos la primera pista flotaba entre nosotros:
“Si giro la cabeza a la derecha hay una iglesia”.
Me miró con sorpresa: “¡Esto resulta aún más cruel! Vamos, una iglesia en Roma, es como una flor en un jardín…”
(silencio)
“Pero tu comentario es útil… creo”.
Frunció un poco el ceño y se quedó pensativo.
Recordé que en algún lugar de mi biblioteca dormía un libro con grabados de Roma y que ese era el momento idóneo para rescatarlo de su sueño. Mi mano, titubeante entre aquellos volúmenes olvidados, entresacó un grueso tomo con letras desgastadas que dejó una sutil huella salvada del polvo…
“Esto quizá podrá ayudarnos”, le dije sosteniendo el libro en alto. “Pero antes te doy otra pista:
la iglesia pertenece a un país europeo cuya revolución tiene nombre floral.”
Mi interlocutor acogió el libro en su regazo y fue mirando una a una las estampas. “Vasi“, así constaba en la firma de 1748 del grabado que buscábamos. Apenas unos segundos y el libro cayó de un golpe al suelo: “Rápido, un mapa, trae un mapa de Roma”.

Sus ojos parecían más brillantes. Me arrebató el mapa de las manos y desdoblándolo nerviosamente comenzó a acariciar la superficie de las calles. Al principio pensé que su mano recorría sin rumbo fijo aquella maraña de edificios y plazas; de repente se detuvo.
Me levanté para encender una lamparita ya que la poca claridad del día que se colaba por las ventanas me impedían observar su rostro. Encorvado sobre el plano un murmullo salía de su boca. Sus palabras seguían a su dedo por un recorrido laberíntico en aquella pequeña Roma que cabía entre nosotros. Yo le miraba intrigada.
“¡¡Aquí, es aquí!! Es la Torre Scapucci, frente a la iglesia de San Antonio de los Portugueses“.
Levantó la cabeza, la lamparita se reflejaba en sus ojos como una pequeña llama, parecía agitado. Me contó que aquella torre encerraba una singular leyenda. “Verás”, dijo lentamente, “hubo una época en que este palazzo estuvo habitado por un noble, su hijo de corta edad y un curioso animal de compañía: una mona. Cierto día, cuando el noble regresaba a su casa, se encontró una agitada muchedumbre que miraba hacia lo alto de la torre. Allí pudo ver cómo su pequeño hijo era zarandeado peligrosamente por los brazos de la mona. Desesperado, hizo una promesa: si su hijo salía sano y salvo haría construir un pequeño altar que mantendría iluminado para siempre como lugar sagrado”.
“¿Ves?” y mostrándome mi foto me señaló la lucecita que todavía recuerda aquella historia.

No había vuelto a pensar en todo aquello hasta hoy, cuando al abrir mi buzón he encontrado una curiosa postal con la única imagen de unos adoquines y con esta frase en su reverso: “estoy aquí, ¿averiguas dónde?”
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El 105 fue siempre un indeciso.
Su primera bici lució el ruedín izquierdo hasta que cumplió los 15 años, tanto miedo le daba dar ese paso (…o “pedalada”, como él mismo se plantearía tantas veces).
El día de su boda, el 105 tardó 15 minutos en responder a la pregunta para la que tanto había ensayado: sí quiero, sí quiero. Aquel día, ante la mirada atónita de los presentes, sonó un sí, supongo.
En el bar en el que comía a diario le tenían preparada la sopa, una merluza y una copita de vino tinto deje usted aquí la botella porque un día decidió que eso iba a comer y para qué volver a pensarlo, se dijo; tenga 15 euros y quédese con el cambio, no, mejor démelo, no, da igual…
El día en que el 105 dejó este mundo hubo mucho revuelo. Hasta 15 veces pronunció sus últimas palabras, y sólo “no espera, esas no” fueron realmente las últimas que salieron de su boca.
El 105 nunca supo que un escultor tan indeciso como él le iba a dedicar esta escultura… ¿o quizá no fue así?

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A veces cuesta escribir.
Hay veces en que las palabras se demoran en el desván, y aunque uno se asome a ver qué hacen, ellas se esconden entre viejas lámparas, detrás de cortinas polvorientas o disimuladas entre las sombras de olvidos archivados.
Esas veces en que no salen las palabras ni de entre los baúles siete vueltas de candado ni junto a cajones doble fondo con secretos, es mejor permanecer callado, esperar junto a la playa de la boca y a lo lejos veremos cómo se acerca en su isla de silencio la letra que faltaba.

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A veces no me salen las palabras. Pero entonces me doy cuenta de que las letras siempre vuelven de su isla.
roma amor
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En Roma hay un misterio que me asalta a cada paso.
A veces asoma en los lugares más inesperados, antes de cruzar un semáforo, a la entrada de una panadería, junto a un grupo de turistas desprevenidos que toman fotos sin darse cuenta de que el misterio acecha junto a sus pies.
Noto su presencia allí donde miro y nunca deja de sorprenderme su repetitiva insistencia. Sé que me quiere decir algo, pero los retazos que me llegan no completan el puzzle de su misterio.
Una vez, junto al Palazzo di Giustizia oí entrecortadamente lo siguiente: “sabrás perdonar quinientas rencillas”, pensé que se trataba de un veredicto de un jurado, puesto que al levantar la vista una ventana quedaba entreabierta. Otro día, agachada mientras me ataba un zapato, a mi espalda sonó de nuevo esa voz: “sube para que reanudes…” me giré rápidamente y allí no había nadie. Pasando ante una pescadería en el Trastevere la voz me volvió a tirar de la manga: “siete peces que relumbran” me dijo entonces, efectivamente aquellos pescados brillaban al sol de la mañana. Empecé a considerar si aquella voz me narraba lo que sucedía a mi paso, un narrador oculto que me rozaba con frases en la nuca.
Algo hay en Roma que reclama mi atención.
“Sueñas para que respire” es el soplido que me ha despertado esta mañana. La voz respira, me susurra, me tira de la manga, la voz me asalta y me dice “sabrás por qué recuerdas”, y yo pienso y me pregunto por qué recuerdo, y cuando parece que todo cobra sentido, doblo la esquina y oigo: “siembro patatas que rebotan” … y ahí ya lo dejo, me pongo mis cascos, subo el volumen y aunque noto el aliento en mi nuca me digo “sigue, pasea, ¡qué Roma!”
Y aunque ya no lo escucho atrás quedan “sesenta pasillos que recorrer”, “serpientes patilargas que reman”, “siempre pensabas quimeras romanas”, “seniles persianas que ruedan”, “sus primaveras quedarán resguardadas”, pero ni serpientes ni quimeras, ni pasillos ni persianas me dan las claves para resolver el misterio, y yo sigo y me paseo y me digo ¡qué Roma!
Definitivamente, Roma me quiere decir algo.

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Tras la puerta, los secretos.
Cada día, durante los seis años que pasé en Alliaga, aquella puerta permaneció cerrada.
Un domingo a las cinco de la tarde, la puerta se hizo a un lado.
Durante un instante resplandeció un secreto bañado por la luz cálida de Alliaga.

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En la Tierra de Hielo había tres caminos: el camino del Norte, aquel que llevaba a las Tierras Altas; el camino de la caza, marcado por un color rojizo; y el camino de la despedida, que solo se recorre una vez.
En la Tierra de Hielo todos los caminos eran producto de años de búsqueda y experiencia. Nadie osaba tomar ningún otro sendero que no hubiera sido previamente marcado por el paso del hombre.
Pero un día diez viajeros fueron vistos en las cercanías de la ciudad. Andaban en fila, unidos por cuerdas, como si de presos se tratase. Pero no seguían sendero ninguno y ninguna huella quedó marcada en la nieve.
Hay quien dijo que eran diez excursionistas muertos hacía cincuenta años; otros aseguraban reconocer por sus rostros las divinidades de otros tiempos… Pero lo que nadie imaginó nunca es que había sido un espejismo provocado por su ansia de libertad.
Un nuevo camino había surgido, un camino infinito, eterno, un camino a ninguna parte y a todas partes a la vez.
(escrito en París, abril de 2002)
(Foto sacada de una revista de viajes) Pincha la imagen para agrandarla.
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Dans la Terre de Glace il y avait trois chemins: le chemin du Nord, lequel conduisait aux Terres Hautes; le chemin du braconnage, marqué par la couleur rouge; et le chemin des Adieux, qu’on prenait seulement une fois.
Dans la Terre de Glace, tous les chemins provenaient d’années de recherche et d’expérience. Personne n’osait en prendre aucun autre qui n’aurait pas été marqué par le pas des hommes.
Mais un jour, dix voyageurs ont été vus dans les proximités de la ville. Ils marchaient en file indienne, unis par des cordes, comme s’il s’agissait de prisonniers. Mais ils ne suivaient aucun chemin et aucune trace ne fut marquée dans la neige.
Certains disaient qu’ils étaient dix excursionnistes morts il y avait cinquante ans. D’autres assuraient reconnaître dans leurs visages les divinités d’autres temps… Par contre, ce que personne n’a jamais imaginé c’est que c’était un mirage provoqué par leur envie de liberté.
Un nouveau chemin était apparu, un chemin infini, éternel, un chemin pour nulle part et pour toutes parts en même temps.
(écrit à Paris, avril 2002)
(Photo d’une magazine de voyages) Clique sur l’image pour l’agrandir.
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A veces las piedras sonríen.

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Una pequeña historia:
No hace mucho, estaba dando yo un paseo cuando me encontré con la primera piedra.
-Hola, le dije.
-Cuéntame algo, me contestó.
Yo, poco acostumbrada a estas peticiones pétreas le dije lo primero que me pasó por la mente:
-El Coliseo está hecho una ruina.
Y así se le quedó la carita a la pobre.
Más tarde, intentando olvidar el disgusto que le había provocado a la primera piedra, me senté a leer en un banco. Un sonido repetitivo y duro me hizo levantar la vista del libro. A mis pies había otra piedra que me miraba con incredulidad y asombro.
¿Es cierto que el Coliseo está medio derruído?, me preguntó.
Yo, ante esa voz de lamento levanté trabajosamente a la piedra y la senté en el banco junto a mí. Empecé a explicarle que el Coliseo no estaba en ruinas, sino que algunas piedras habían preferido tomarse unas vacaciones y que por eso faltaban partes, pero que por todo el mundo se veían piedras romanas con cámaras de fotos visitando París, tumbadas en una playa, o incluso charlando con las piedras de la Muralla China. Esta respuesta pareció gustarle y permanecimos sentadas largo tiempo en el banco mirando el paisaje en silencio.
Sólo tiempo después me percaté de que una tercera piedra se nos había unido. Miraba sonriente y parecía feliz.
¿Por qué estás tan contenta?, pregunté.
-Vengo del Coliseo y estoy de vacaciones.
Eso fue todo. Desde entonces cuando me cruzo con una piedra le guiño un ojo y le deseo un buen viaje.
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Des objets animés III
Parfois les pierres sourient.
28 de noviembre
La memoria es una gran maraña de hilos que se anudan caprichosamente entre sí.
Al tirar de uno de ellos van saliendo trenzados recuerdos que se creían descosidos. Y un olor te lleva al sueño de una mirada, y una canción a un barco hacia Burano.
Otras veces son los hilos los que se cruzan en el camino sin previo aviso. Se reconocen fácilmente: son de color rojo y hay que recogerlos con cuidado, pueden romperse si no se les deja a ellos que nos tiren suavemente de la manga.
Suelen acomodarse en los sitios más dispares. Atados a una esquina con aroma a crêpes de nutella, o asomando a los pies de una escalera confidente de un primer te quiero.
Estos hilos, pequeñas puntadas de la memoria, pueden enredarnos y enmadejarnos como la tela de una araña. De vez en cuando hay que sortearlos y dejar para otra ocasión agacharnos a cogerlos, pero hay días que son propicios para dejarse llevar por un hilo rojo de la memoria…
y hoy es uno de ellos.
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“Sílbame, tú sílbame,
si te encuentras en peligro,
sílbame, tú sílbame y ya voy”
Ayer por fin vacié los cajones de la mesa que tuve en casa de mis padres. ¡Cuánta historia había allí dentro!
Del primer cajón han salido muchos papelitos con notas caducadísimas (incluso una lista de la compra de hace 6 años… los alimentos ahora estarían criando gusanos; no, ni siquiera), entradas de cine, caramelos de manzana con sabor a mediodías en tren, papeles de colores y texturas rugosas, algún carrete de diapositivas sin usar y cartas y postales que todavía no he querido releer.
El segundo cajón es al que tengo más cariño. Para entenderlo habría que explicar que esa mesa estuvo antes en otra casa donde yo compartía cuarto con mi hermano. El segundo cajón, el del medio (puesto que sólo son tres), estaba reservado para mí. No sé qué cosas metería en aquella época, pero el hecho es que cada uno tenía su espacio y ese, el correspondiente a mi estatura, era el mío.
Para marcar la propiedad (en esos años un cajón propio era como conquistar todo un continente al que había que clavar una bandera) mi hermano y yo pegamos unas pegatinas en los tiradores. Era la época en que los bollos y el pan de molde traía cromos y pegatinas de regalo. Mi segundo cajón desde entonces quedó marcado con una Romy gatuna así como el de mi hermano tomó la estampa leonina de Willy Fogg. Esos cajones fueron acogiendo recuerdos de vueltas al mundo imaginarias en algo más de 80 días.
Hoy seguía allí mi Romy, algo descolorida y arrugada, sonriendo desde su puesto de vigía, guardando ocho cuadernos. Dos de ellos tamaño folio y de tapas lisas, tres con formato A5 (dos regalados y uno comprado), y otros tres tamaño cuartilla: uno viene con pequeñas ilustraciones y frases de Shakespeare en cada hoja, otro es de papel reciclado y el tercero, que es el más fino de todos, tiene en la portada la reproducción de un cuadro de Hendrick Avercamp y el interior sigue tan blanco como el hielo sobre el que patinan sus personajes.
Tres de estos ocho cuadernos siguen esperando su momento, soñando cuál será su primera frase o dibujo. Los otros cinco, cajones también a su manera, contienen una amalgama de piezas sueltas, apuntes de Filología hispánica, dibujos y apuntes rápidos, una lista de palabras que me gustan aunque acurrucarse no aparezca, fragmentos de libros y poemas, intentos fallidos de textos propios que no recordaba haber escrito y que he releído con una mezcla de vergüenza y extrañamiento, la receta de la tarta de manzana de mi abuela (precalentar el horno a 180º) y los posibles nombres para una gatita que llegó en aquella época, (un catorce de noviembre, para ser exactos).
El último cajón, el tercero y más cercano al suelo, es el menos honroso. Estaba reservado a papeles viejos y recortes de prensa; folios desechados en los que solo una de las caras estaba usada y que yo rescataba del olvido para darles una nueva oportunidad tomando notas o dibujando por su revés. De ahí salieron parejas estrambóticas, uniones de textos viejos revividos por la interpretación que desde la otra cara, como dibujo o nuevo texto, se les daba. Quizá sea al revés y éste sea el más honroso de los tres cajones, al menos el más solidario y considerado.
En unas semanas la mesa, con su cajonera y su Romy fiel, se va de viaje; van a conocer el mundo que ya han visto en su interior, a recorrer una larga distancia para acoger otros cuadernos, caramelos y postales. Pero mi Romy seguirá ahí, vigilando mis recuerdos y mi historia en barco, en elefante, en tren.
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Este viaje he descubierto a Bernini. Más bien debería decir que lo he redescubierto, porque conocerlo lo conocía, pero en estos días he tropezado con sus obras, me lo he encontrado en cada esquina, entre pizzerias y tiendas de ropa -porque Roma, además de Berninis que alimentan la vista, tiene que subsistir con otro tipo de alimento-. Estos días he paseado por sus espacios en contradicción: de adentro afuera, en interiores hechos plazas y plazas como grandes salones, con curvas esquizofrénicas y rectas con doble personalidad, pero sobre todo he paseado la mirada por sus esculturas.
Con la intención de disfrutar un poco más de del mármol cálido de Bernini fui al Museo Borgese, un lujoso palacio en medio de un parque que lleva su nombre (Borgese, no Bernini), donde viven en su eterna postura varias de sus joyas (de Bernini, no de Borgese).
La primera sorpresa (y no de las buenas) es que en el museo Borgese no dejan hacer fotos. Entiendo que fotos con flash no dejen hacer, pero el prohibir introducir la cámara para buscar los propios encuadres, las interpretaciones personales al margen de las estereotipadas postales, hizo que comenzase la visita con el gesto torcido. Un gesto parecido al que asomaba por la boca del David de Bernini, que apretando los labios y con el ceño fruncido, parecía solidarizarse con mi silenciosa protesta.
Observando el David lo primero que me impresionó fue la virguería técnica, la precisión de las formas, el tratamiento de las texturas… Pero dos salas más allá me esperaba lo mejor: la piedra hecha carne, el erotismo al alcance de los dedos. La fuerza y la sensualidad del encuentro, dos cuerpos unidos en un gesto violento y tierno al mismo tiempo: Plutón hundiendo las yemas de sus dedos en el muslo de una Proserpina asustada y leve.
Y allí, parada ante esas sensaciones, deseando tener mi cámara para capturar ese momento, lo único que me quedaba era mi cuardernito y un mínimo lápiz con el que garabatear lo que veía. De pie, incómoda por alguna mirada extraña que se rezagaba en mi hoja, hice una miseria de dibujo que ni siquiera di por terminado avergonzada por la imposibilidad de representar todo aquello.
En internet, cómo no, he encontrado fotos de esa mano vigorosa, algunas son oficiales y otras muchas vienen de cámaras ladronas que se adentraron en aquella sala para retener ese momento apresado desde hace siglos en el mármol. Una de ellas es la que pongo para ilustrar este post.
Proserpina, que viene del latín proserpere, ‘emerger’, está ahora mismo en una sala recargada en un Parque romano, brotando eternamente entre los brazos de Plutón.
Yo, con mi mirada como única cámara, me he quedado allí también atrapada en las raíces que me enredaron en su mármol.

No me acostumbro a escribir en este sitio aséptico e impersonal que es el cibercafé. Ahí fuera pasan coches y motos (aunque en ninguna veo a Audrey Hepburn y Gregory Peck) que cruzan por delante de una fuente de Bernini de formas gelatinosas y resbaladizas recreando un pequeño océano en el centro de la plaza.
Aquí dentro suena una música que me aisla del rítmico sonido del agua del Tritone y del bullicio propio de estas horas en que la gente (muchos turistas y algún romano) regresa a casa, aprovecha para hacer alguna compra, o charla por su “telefonino”.
Para escribir necesito mi lugar. Un sitio más íntimo y donde desviar la mirada para pensar. Aquí, si entretengo la mirada, no veo más que otras tantas pantallas como la mía, la mayoría esperando a ser observadas, colgadas de un panel de madera clara y como únicos compañeros un teclado sin “eñe” y un ratón que por lo achacoso que está quizá sea contemporáneo de la fuente de ahí fuera.
Pasado mañana volveré a mi rincón, pondré estos últimos posts en orden porque vuelven un poco arrugados de estar en la maleta y ya no veré cómo los turistas al regresar a sus hoteles dan el relevo a todos los gatos que por la noche, en la quietud de los foros, se convierten en los dioses de la ciudad.
“El dormir es como un puente
que va del hoy al mañana.
Por debajo, como un sueño,
pasa el agua, pasa el alma.”Juan Ramón Jiménez (La noche)
Me gusta dormir porque sueño.
Tengo algunos sueños recurrentes, con variaciones, pero que en lo esencial se repiten. Uno de ellos es el mar. Esta noche he visto cómo un mar calmo crecía hasta alcanzar el nivel de mi ventana. Era cálido, denso y nada aterrador. Subía la marea, como quien llena una bañera, y todo subía con ella. No recuerdo qué había en el mar, personas o barcos, o armarios y pianos, pero todo aquello aceptaba su elevación junto a la ascensión de la superficie marina como si nada extraño estuviera sucediendo. Recuerdo haber pensado, una foto estaría genial ahora, así que he llegado a la conclusión de que soy turista en mis propios sueños.
Lo curioso de estos sueños marinos es que yo siempre observo desde la playa o la distancia, son mares para observar, con olas congeladas en su momento más violento formando cuevas de agua, o playas donde las piedras son cristales de colores brillantes y que con cada ola se renuevan.
Hace algún tiempo soñé con una playa llena de muebles, espejos, lámparas y sillas repartidos por la arena. Y yo iba rodeándolos, sin sorpresa, intentando seguir un recorrido lógico en mi paseo por la playa, tomando todo aquello como si rocas puestas aleatoriamente me hicieran serpentear por aquel trastero inmenso y sin paredes.
Mis sueños, como el mar, son eternamente cíclicos.
En las cajas se puede encontrar de todo.
Hubo una época en que los domingos lo primero que hacía al entrar en cierto salón antiguo, de esos más pensados para las visitas que para acoger tardes de pereza, era recorrerlo abriendo una a una todas las cajitas que encontraba repartidas por las estanterías. Esta rutina tenía una razón de ser. En una de esas cajas, cada domingo en una diferente, encontraba una sorpresa reservada para mí. Esta tradición que no sé cuánto duraría, probablemente solo unos meses aunque para mí es como si hubiera sucedido desde siempre, me despertó un curioso interés por lo que encierran las cajas.
Con el tiempo he comprendido que lo que más me gustaba de todo eso era el proceso, la incertidumbre y la emoción de saber que en alguna de esas cajas había un secreto, que yo pronto descubriría. Ésta no, pero quizá en la próxima caja: tampoco, estará entonces en la roja, la semana pasada fue la de los pájaros, no puede estar otra vez ahí. Y ese recorrido circular me borraba el salón, que entonces no tenía techo, ni suelo, ni libros, solo cajas de diferentes tamaños, formas y colores, con tesoros escondidos susurrando: estoy aquí.
Todavía hoy cuando voy de visita a alguna casa me entran tentaciones de ir abriendo las cajas que me encuentro, para ver en cuál de ellas podría estar aguardándome un secreto. Pero no me atrevo, tan solo paseo mi mirada con la esperanza de oir un susurro que me diga: estoy aquí.
El camino al Castillo del silencio hay que recorrerlo con paso certero. Nada que lo pueda despertar de su eterna ensoñación debe crujir bajo tus pies. Tu respiración ha de ser medida, con aliento sordo y pausado ritmo.
No te preocupes, la puerta se abrirá a tu paso cuando llegues. Pero una vez dentro…
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