Si toda la casa fue metamorfoseándose en apariencia y función a lo largo de los años, el salón quizá es el que más cambios ha visto.
En su origen fue un pequeño espacio en el que los óleos y los lienzos invadían las esquinas.
Más tarde pasó a curioso dormitorio temporal, primero con un colchón hinchable que había que reinflar varias veces a lo largo de la noche, luego con un colchón de verdad que me suavizó dos tonos mis ojeras.
En dos momentos de su historia fue ampliado, hasta que ya no quedaron paredes que tirar sin dañar la fachada o invadir la casa del vecino… Entonces se convirtió en lo que fue sus últimos años: una zona multiusos que cumplía la función de salón, comedor y estudio.
De todas esas transformaciones han ido quedando huellas: techos a diferentes alturas, marcas en el suelo que recuerdan los tabiques antiguos, pero sobre todo, los utensilios de pintar, que no quisieron ser desterrados de su antiguo imperio.







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