A las pocas semanas de llegar a Roma, yendo en metro, escuché una canción que me hizo levantar los ojos del libro y no volver a bajarlos después. Era Mario, del Ecuador, como se nos presentó, guitarra en mano, camisa blanca con bordados rojos, pelo negro recogido en una coleta y un bolsito colgando sobre la cintura. Cantaba con Roger, que hacía los coros al tiempo que tocaba el violín. Sonó El Carretero. El vagón se convirtió en un paréntesis que se deslizaba bajo tierra repleto de sus acordes, los viajeros nos transformamos en un público atento y respetuoso. Se bajaron con el bolsito algo más engordado y cerrando el paréntesis tras de sí.

Hace unos días volví a escuchar El Carretero, no de la voz de Mario, no en un vagón de metro. Esta vez habíamos pagado todos por adelantado. En el escenario: Buena Vista Social Club. Y me acordé de Mario, del Ecuador, con su bolsito tejido con un paisaje andino.

Muchas gracias y buen proseguimiento, (como se despediría él).