…un secreto.

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Raconte-moi…
…un secret
Fragmentos de interior
…un secreto.

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Raconte-moi…
…un secret

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Dice Nietzsche en Ecce homo:
“Voy a contar ahora la historia del Zaratustra. La concepción fundamental de la obra, el pensamiento del eterno retorno, esa fórmula suprema de afirmación a que se puede llegar en absoluto, — es de agosto del año 1881: se encuentra anotado en una hoja a cuyo final está escrito: «A 6.000 pies más allá del hombre y del tiempo». Aquel día caminaba yo junto al lago de Silvaplana a través de los bosques; junto a una imponente roca que se eleva en forma de pirámide no lejos de Surlei, me detuve. Entonces me vino ese pensamiento.”
Vaya por delante que no he leído ni Zaratustra ni Ecce homo. Vaya por delante que yo no tendría que haber estado en Silvaplana si no hubiera sido por tristes acontecimientos.
Puesto que hay personas que hubieran podido explicar mil veces mejor que yo toda esta historia yo me limitaré a describir cómo fue mi encuentro con la roca, una roca que no pasa desapercibida al caminante.

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Sils-María es una pequeña franja de tierra entre dos lagos. Un pequeño pueblo que no sabe hacia dónde mirar. Si uno se pone en el centro podría girar trescientos sesenta grados diciendo: Agua, Montañas, Agua, Montañas. En ese orden y en mayúsculas. Para descansar la vista de tanta belleza solo cabría alzar la vista, pero entonces la boca se llenaría de la palabra “Cielo”.
Desde Sils-María, donde Nietzsche pasó sus últimos veranos, hay un bonito paseo (digo uno, pero hay mil) entorno al lago de Silvaplana camino a las faldas del imponente Pico Corvatsch.
La roca de la que habla Nietzsche se encuentra efectivamente a la orilla del lago de Silvaplana, es la única que rompe la frontera que separa el agua del camino. Si su situación es curiosa, más lo es su forma, una pirámide que reclama la atención como un acento en el paisaje.
El lugar (y no es por quitarle mérito a Nietzsche) anima a la reflexión. La mirada queda atrapada en el paisaje, pero al mismo tiempo nada la retiene, tal es su grandeza. Montañas inabarcables, reflejos caleidoscópicos en el agua, nubes metamorfoseantes, sólo esa roca, ahí puesta, como un pequeño icono puede ser largamente observada. Y así lo hice, y mi mirada seguirá allí eternamente, a 6.000 pies más allá del hombre y del tiempo.

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