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Égratignure
Fragmentos de interior

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Égratignure
Como salida de un cuadro de Hopper, al doblar la carretera aparece esta gasolinera en su oasis de tiempo detenido.

El jueves me recibió la luna en el camino. Una luna partida, como un gran gajo de naranja, dentro de un inmenso vaso de noche. La degusté a grandes sorbos hasta que se disolvió en el horizonte sin pulso de Castilla.

Tranquilidad en grises.

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Calme
Tranquillité en gris.
Constelación.

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L’Univers II
Constellation.
Bienvenidos.
Es un honor para mí anunciarles que desde ayer queda oficialmente inaugurada la temporada de resfriados.
Por favor, tomen sus asientos, medicinas o lo que crean conveniente.
Pd.: Esmóquin optativo/pañuelo obligatorio.
“El dormir es como un puente
que va del hoy al mañana.
Por debajo, como un sueño,
pasa el agua, pasa el alma.”Juan Ramón Jiménez (La noche)
Me gusta dormir porque sueño.
Tengo algunos sueños recurrentes, con variaciones, pero que en lo esencial se repiten. Uno de ellos es el mar. Esta noche he visto cómo un mar calmo crecía hasta alcanzar el nivel de mi ventana. Era cálido, denso y nada aterrador. Subía la marea, como quien llena una bañera, y todo subía con ella. No recuerdo qué había en el mar, personas o barcos, o armarios y pianos, pero todo aquello aceptaba su elevación junto a la ascensión de la superficie marina como si nada extraño estuviera sucediendo. Recuerdo haber pensado, una foto estaría genial ahora, así que he llegado a la conclusión de que soy turista en mis propios sueños.
Lo curioso de estos sueños marinos es que yo siempre observo desde la playa o la distancia, son mares para observar, con olas congeladas en su momento más violento formando cuevas de agua, o playas donde las piedras son cristales de colores brillantes y que con cada ola se renuevan.
Hace algún tiempo soñé con una playa llena de muebles, espejos, lámparas y sillas repartidos por la arena. Y yo iba rodeándolos, sin sorpresa, intentando seguir un recorrido lógico en mi paseo por la playa, tomando todo aquello como si rocas puestas aleatoriamente me hicieran serpentear por aquel trastero inmenso y sin paredes.
Mis sueños, como el mar, son eternamente cíclicos.
Esta noche la luna estaba brumosa.

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Lune
Cette nuit la lune était brumeuse.
Viaje a Marte.

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L’Univers I
Voyage vers Mars.
Las contrariedades me encogen, podría ser al revés pero no lo es.

Hoy me han convertido en Alicia, aunque no eran maravillas lo que había en mi país. Y sin darme a elegir entre un cómeme, o un bébeme, me han hecho pequeñita sin yo quererlo.
Mejor habría sido estar del otro lado del espejo, pero no lo he podido traspasar, y así, pequeñita y de este lado del espejo, las contrariedades hoy me han ganado la partida.
Hay palabras que me gustan por su sonoridad, otras por su significado y otras que reúnen las dos condiciones.
Acurrucarse pertenece al tercer grupo.
Dice la Real Academia que acurrucarse puede venir de corrug?re, arrugar.
acurrucarse:
(Quizá del lat. corrug?re, arrugar).
1. prnl. Encogerse para resguardarse del frío o con otro objeto.
Si observamos acurrucarse, la palabra -no la acción-, las erres ronronean (otra bonita palabra) apretadas entre dos úes que con la boca casi cerrada solo dejan que pase un poco de luz, porque acurrucarse siempre es mejor en penumbra.
Tanto se arruga la palabra, que acurruca no se sabe si está del derecho o del revés.
Acurrucarse es abrazarse a uno mismo por las rodillas y hacerse bolita. Pero también es invitar a que lo abracen, en ese caso hay que doblar los brazos y pegarlos al pecho colocando las manos bajo la barbilla.
Hay días que parecen estar hechos para acurrucarse, y de vez en cuando es bueno hacerse bolita.
Abstracción nº 120 (km/h)

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Galerie d’art
Abstraction nº 120 (km/h)

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Musée
Llaveros: gato y conejo.


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Feutre III
Porte clé: chat et lapin

En las cajas se puede encontrar de todo.
Hubo una época en que los domingos lo primero que hacía al entrar en cierto salón antiguo, de esos más pensados para las visitas que para acoger tardes de pereza, era recorrerlo abriendo una a una todas las cajitas que encontraba repartidas por las estanterías. Esta rutina tenía una razón de ser. En una de esas cajas, cada domingo en una diferente, encontraba una sorpresa reservada para mí. Esta tradición que no sé cuánto duraría, probablemente solo unos meses aunque para mí es como si hubiera sucedido desde siempre, me despertó un curioso interés por lo que encierran las cajas.
Con el tiempo he comprendido que lo que más me gustaba de todo eso era el proceso, la incertidumbre y la emoción de saber que en alguna de esas cajas había un secreto, que yo pronto descubriría. Ésta no, pero quizá en la próxima caja: tampoco, estará entonces en la roja, la semana pasada fue la de los pájaros, no puede estar otra vez ahí. Y ese recorrido circular me borraba el salón, que entonces no tenía techo, ni suelo, ni libros, solo cajas de diferentes tamaños, formas y colores, con tesoros escondidos susurrando: estoy aquí.
Todavía hoy cuando voy de visita a alguna casa me entran tentaciones de ir abriendo las cajas que me encuentro, para ver en cuál de ellas podría estar aguardándome un secreto. Pero no me atrevo, tan solo paseo mi mirada con la esperanza de oir un susurro que me diga: estoy aquí.
Para P. que me lleva a “herrumbrear“

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Solitude

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Pétanque
“El perezoso se siente realmente como en una cárcel que cada vez se le hace más lóbrega, pero al mismo tiempo se dedica con morbosa complacencia a pintar de purpurina los barrotes de la celda de donde dice estar deseando escapar, a desechar por melladas, pequeñas o grandes, las limas con que cuenta para serrarlos y a cantar con retórica trasnochada el ocaso de otra tarde que se le va de entre las manos, tras lo cual se echa a dormir arrebujado en lo oscuro, como al cabo de una fatigosa faena, mientras se dice entre dientes “ya habrá tiempo”, y esa misma jaculatoria se le viene inmediatamente a los labios cuando mira amanecer con redoblado malestar el nuevo día que tiene que llevar a cuestas, odiando ya su luz apenas la vislumbra, sabiendo oscuramente de antemano que está traicionando al dios a quien invoca, que malversará el tiempo que le hace señas desde fuera invitándole a su nave, que no se embarcará en él; repite como respuesta obtusa a sus señales “no puedo salir, ya habrá tiempo”, mientras mata el tiempo de hoy igual que hizo con el de ayer, repintando las rejas que le separan de él, fortificando el recinto de su encierro.”
Carmen Martín Gaite, El cuento de nunca acabar.

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Des Petits rats
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