Harry Potter tiene perro y vive en mi calle.
Mientras su perro ladraba a mi gata, nosotros nos hemos mirado con ojos risueños pensando en qué conjuros se estarían lanzando a través de la ventana.
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Fragmentos de interior
Harry Potter tiene perro y vive en mi calle.
Mientras su perro ladraba a mi gata, nosotros nos hemos mirado con ojos risueños pensando en qué conjuros se estarían lanzando a través de la ventana.
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La tarde tiembla (y yo con ella)

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L’étang
Le soir tremble (et moi avec lui)
Para el árbol con o sin raíces.
Cierra los ojos…
pide un deseo…
… y sopla.

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Rêve!
Pour l’arbre avec ou sans racines.
Ferme tes yeux…
fais un vœu…
…et souffle.
“En la peña, sobre la peña,
duerme la niña y sueña”Antonio de Villegas,
Inventario (1565)

28 de noviembre
La memoria es una gran maraña de hilos que se anudan caprichosamente entre sí.
Al tirar de uno de ellos van saliendo trenzados recuerdos que se creían descosidos. Y un olor te lleva al sueño de una mirada, y una canción a un barco hacia Burano.
Otras veces son los hilos los que se cruzan en el camino sin previo aviso. Se reconocen fácilmente: son de color rojo y hay que recogerlos con cuidado, pueden romperse si no se les deja a ellos que nos tiren suavemente de la manga.
Suelen acomodarse en los sitios más dispares. Atados a una esquina con aroma a crêpes de nutella, o asomando a los pies de una escalera confidente de un primer te quiero.
Estos hilos, pequeñas puntadas de la memoria, pueden enredarnos y enmadejarnos como la tela de una araña. De vez en cuando hay que sortearlos y dejar para otra ocasión agacharnos a cogerlos, pero hay días que son propicios para dejarse llevar por un hilo rojo de la memoria…
y hoy es uno de ellos.
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A veces cuando la palabra no sube a los labios surgen miradas que lo dicen todo.




(Vacaciones en Roma, 1953, William Wyler.
Ella: Audrey Hepburn -Princesa Ann-
Él: Gregory Peck -Joe Bradley-).
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Des regards
Parfois quand les mots ne montent pas aux lèvres surgissent des regards qui tout disent.
Después del blanco y negro llega el color.

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Des pigments
Après le blanc et noir la couleur arrive.

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Télé-poubelle


(Aprieto el botón de “repetir pista”)
…I got lost in the sounds
(me gusta pasear por la calle perdida en los sonidos)
I hear in my mind
all these voices
I hear in my mind
all these words
I hear in my mind
all this music
(y según qué sonidos me envuelvan la luz se matiza)
And it breaks my heart
(…)
Hay objetos tan cotidianos que parece que ya no se pueden mejorar en su diseño, sin embargo, a veces, surgen nuevas ideas.
Instrucciones de uso:

se sumerge en el agua y luego…



Si yo viviera en esta casa haría tres cosas:
1. entraría descalza
2. saldría rodando
y
3. miraría las estrellas tumbada en la entrada.


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Le Glacis
Un boceto de esta tarde.

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Vent
Une esquisse de cette après-midi.

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Assoupi
La niebla siempre acaba por evaporarse.

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L’attente
À la fin le brouillard toujours s’évapore.
“Sílbame, tú sílbame,
si te encuentras en peligro,
sílbame, tú sílbame y ya voy”
Ayer por fin vacié los cajones de la mesa que tuve en casa de mis padres. ¡Cuánta historia había allí dentro!
Del primer cajón han salido muchos papelitos con notas caducadísimas (incluso una lista de la compra de hace 6 años… los alimentos ahora estarían criando gusanos; no, ni siquiera), entradas de cine, caramelos de manzana con sabor a mediodías en tren, papeles de colores y texturas rugosas, algún carrete de diapositivas sin usar y cartas y postales que todavía no he querido releer.
El segundo cajón es al que tengo más cariño. Para entenderlo habría que explicar que esa mesa estuvo antes en otra casa donde yo compartía cuarto con mi hermano. El segundo cajón, el del medio (puesto que sólo son tres), estaba reservado para mí. No sé qué cosas metería en aquella época, pero el hecho es que cada uno tenía su espacio y ese, el correspondiente a mi estatura, era el mío.
Para marcar la propiedad (en esos años un cajón propio era como conquistar todo un continente al que había que clavar una bandera) mi hermano y yo pegamos unas pegatinas en los tiradores. Era la época en que los bollos y el pan de molde traía cromos y pegatinas de regalo. Mi segundo cajón desde entonces quedó marcado con una Romy gatuna así como el de mi hermano tomó la estampa leonina de Willy Fogg. Esos cajones fueron acogiendo recuerdos de vueltas al mundo imaginarias en algo más de 80 días.
Hoy seguía allí mi Romy, algo descolorida y arrugada, sonriendo desde su puesto de vigía, guardando ocho cuadernos. Dos de ellos tamaño folio y de tapas lisas, tres con formato A5 (dos regalados y uno comprado), y otros tres tamaño cuartilla: uno viene con pequeñas ilustraciones y frases de Shakespeare en cada hoja, otro es de papel reciclado y el tercero, que es el más fino de todos, tiene en la portada la reproducción de un cuadro de Hendrick Avercamp y el interior sigue tan blanco como el hielo sobre el que patinan sus personajes.
Tres de estos ocho cuadernos siguen esperando su momento, soñando cuál será su primera frase o dibujo. Los otros cinco, cajones también a su manera, contienen una amalgama de piezas sueltas, apuntes de Filología hispánica, dibujos y apuntes rápidos, una lista de palabras que me gustan aunque acurrucarse no aparezca, fragmentos de libros y poemas, intentos fallidos de textos propios que no recordaba haber escrito y que he releído con una mezcla de vergüenza y extrañamiento, la receta de la tarta de manzana de mi abuela (precalentar el horno a 180º) y los posibles nombres para una gatita que llegó en aquella época, (un catorce de noviembre, para ser exactos).
El último cajón, el tercero y más cercano al suelo, es el menos honroso. Estaba reservado a papeles viejos y recortes de prensa; folios desechados en los que solo una de las caras estaba usada y que yo rescataba del olvido para darles una nueva oportunidad tomando notas o dibujando por su revés. De ahí salieron parejas estrambóticas, uniones de textos viejos revividos por la interpretación que desde la otra cara, como dibujo o nuevo texto, se les daba. Quizá sea al revés y éste sea el más honroso de los tres cajones, al menos el más solidario y considerado.
En unas semanas la mesa, con su cajonera y su Romy fiel, se va de viaje; van a conocer el mundo que ya han visto en su interior, a recorrer una larga distancia para acoger otros cuadernos, caramelos y postales. Pero mi Romy seguirá ahí, vigilando mis recuerdos y mi historia en barco, en elefante, en tren.
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La huella de un beso.

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Mémoire
La trace d’un baiser.
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