Un asterisco es como un grifo, si lo agarras y giras suavemente, una corriente de agua tibia te arrastra hasta una isla. Allí, entre la arena, se asoman las conchas que encierran los secretos, y si consigues abrir una, un soplo de boca pequeña te susurra palabras que se pegan a la piel. Al momento se desprenden en minúsculos destellos y con la arena quedan confundidos adjetivos y pronombres.
Con un paréntesis que el mar ha devuelto a la orilla, dibujo un remolino en la arena y surge una caracol@.
En la isla el tiempo también gira, los segundos son las ondas que se multiplican cuando un pez se asoma a ver llover. Sacan la cabeza intentando comprender cómo puede llenarse un mar con unas gotas. Pero luego, cansados de mojarse a trocitos la cara, se esconden bajo el agua y dejan que sea la lluvia la que dibuje con compás cada minuto. ( ((Los peces tienen estas cosas)) ).
Cuando la cuenta de las ondas se ha perdido, es momento de emprender el regreso, un paseo por la isla no dura mucho más de seis líneas a cuerpo 8 y pronto llegará el amanecer de una nueva página.
Por el cielo pasa un asterisco y descubro que es la estrella fugaz de mi teclado. La pulso, contengo la respiración, y le pido que me lleve de nuevo a la isla.
*me refugio en los asteriscos.









































































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