Si ayer recibí un paquete, también envié otro.

Un pequeño rinoceronte de encargo (“something to hang as a Christmas tree ornament“)… ¡¿to hang?!

Con un poco de aprensión le puse esa arandela en el lomo, haciéndome a la idea de que no era más que un piercing indoloro y convenciendo al rinoceronte de que iba a estar muy guapo con su cinta a la espalda, balanceándose entre olor a canela y abeto.

De todo lo que le dije antes de cerrar su maletita, lo que más le reconfortó fue saber que desde las ramas tendría un puesto privilegiado para observar las caras de aquellos que abrirían sus regalos.

Y creo que se quedó contento.

Siempre son difíciles las despedidas…

… por suerte a él aún le queda su bienvenida.