Caleidoscopio

Fragmentos de interior

Torres

Gracias a D.T. por proponerme jugar a las adivinanzas.

A veces un pequeño misterio abre la puerta a otro.
Otras veces los misterios no se ocultan tras la puerta sino que permanecen encerrados en las Torres.
Este misterio va de torres, aunque yo solo hablaré de una, la otra permanecerá oculta, como un segundo enigma, tras la primera.

No hace muchos días alguien llamó a mi puerta. En sus manos traía una fotografía. Al principio apenas reparé en ella, sólo al mirarla con más detenimiento comprobé que se trataba de una de las fotografías que bajo el título de Barbiere yo había publicado en este blog. Todo podría haber acabado allí, junto a la puerta entreabierta, si de su boca no hubieran salido las siguientes palabras: “Encontré esta foto en tu blog. Y ahora no puedo dejar de pensar más que en ella”.

Intrigada ante esa declaración dejé que se explicase más cómodamente ya sentados en el salón.

“Es en Roma. De eso estoy seguro, pues la acabo de ver apenas en diciembre pasado. Era un edificio incluso en venta, recuerdo. Pero no recuerdo cómo fui a parar ahí. Por más que intento ubicarla, no puedo. Estoy desesperado. No me digas dónde es… dame una pista nada más.”

Esperé un momento, trataba de entender la urgencia de quien me hablaba y que sin saberlo me embarcaba en un juego inquietante y atrayente.
Miré mi reloj, era pronto aún.
“De acuerdo”, le dije, y en su cara se esbozó una sonrisa.

Cogí la foto entre mis manos y al cabo de unos segundos la primera pista flotaba entre nosotros:
“Si giro la cabeza a la derecha hay una iglesia”.

Me miró con sorpresa: “¡Esto resulta aún más cruel! Vamos, una iglesia en Roma, es como una flor en un jardín…”

(silencio)

“Pero tu comentario es útil… creo”.

Frunció un poco el ceño y se quedó pensativo.

Recordé que en algún lugar de mi biblioteca dormía un libro con grabados de Roma y que ese era el momento idóneo para rescatarlo de su sueño. Mi mano, titubeante entre aquellos volúmenes olvidados, entresacó un grueso tomo con letras desgastadas que dejó una sutil huella salvada del polvo…

“Esto quizá podrá ayudarnos”, le dije sosteniendo el libro en alto. “Pero antes te doy otra pista:
la iglesia pertenece a un país europeo cuya revolución tiene nombre floral.”

Mi interlocutor acogió el libro en su regazo y fue mirando una a una las estampas. “Vasi“, así constaba en la firma de 1748 del grabado que buscábamos. Apenas unos segundos y el libro cayó de un golpe al suelo: “Rápido, un mapa, trae un mapa de Roma”.

Barbiere

Sus ojos parecían más brillantes. Me arrebató el mapa de las manos y desdoblándolo nerviosamente comenzó a acariciar la superficie de las calles. Al principio pensé que su mano recorría sin rumbo fijo aquella maraña de edificios y plazas; de repente se detuvo.

Me levanté para encender una lamparita ya que la poca claridad del día que se colaba por las ventanas me impedían observar su rostro. Encorvado sobre el plano un murmullo salía de su boca. Sus palabras seguían a su dedo por un recorrido laberíntico en aquella pequeña Roma que cabía entre nosotros. Yo le miraba intrigada.

“¡¡Aquí, es aquí!! Es la Torre Scapucci, frente a la iglesia de San Antonio de los Portugueses“.

Levantó la cabeza, la lamparita se reflejaba en sus ojos como una pequeña llama, parecía agitado. Me contó que aquella torre encerraba una singular leyenda. “Verás”, dijo lentamente, “hubo una época en que este palazzo estuvo habitado por un noble, su hijo de corta edad y un curioso animal de compañía: una mona. Cierto día, cuando el noble regresaba a su casa, se encontró una agitada muchedumbre que miraba hacia lo alto de la torre. Allí pudo ver cómo su pequeño hijo era zarandeado peligrosamente por los brazos de la mona. Desesperado, hizo una promesa: si su hijo salía sano y salvo haría construir un pequeño altar que mantendría iluminado para siempre como lugar sagrado”.

“¿Ves?” y mostrándome mi foto me señaló la lucecita que todavía recuerda aquella historia.

Barbiere

No había vuelto a pensar en todo aquello hasta hoy, cuando al abrir mi buzón he encontrado una curiosa postal con la única imagen de unos adoquines y con esta frase en su reverso: “estoy aquí, ¿averiguas dónde?”
.

4 Comments

  1. Uau!… menuda historia.
    ¿cuál será la segunda Torre?…
    ¿tendrá algo que ver con las iniciales D.T.?.
    ¿David Torre?…
    ¿Daniel Torre?…
    ¿Dagoberto Torre?…
    ¿Dafne Torre?…
    ¿Damián Torre?…
    ¿Domingo Torre?…
    ¿Delfín Torre?…
    ¿Demetrio Torre?…
    ¿Diana Torre?…
    ¿Diego Torre?…
    ¿Dulce Torre?…
    ¿Débora Torre?…
    ¿Delia Torre?…

    (¡joer!, digo yo que alguna habré acertao ¿no?)

    fjydnj:
    Fernando jugaba y David no jugaba xD

  2. “(¡joer!, digo yo que alguna habré acertao ¿no?)”

    Tendrás que subir a la torre para saberlo.
    :p

    kdigxr:
    Kant divagaba interminablemente, gritaba Ximena rabiosa.

  3. Vaya historia…
    Sigo pensando que deberias escribir e ilustrar cuentos :)

  4. Gracias! :)
    Este “cuento” ha surgido gracias a que había otro narrador alimentándolo.

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